Aquí es donde entra el café, y sorprende a la mayoría.
Un estudio de la Universidad de Arkansas (2020) dio a 80 participantes 200 mg de cafeína (aproximadamente una taza fuerte). ¿El resultado? La cafeína mejoró significativamente el pensamiento convergente: los participantes resolvieron más problemas de forma más rápida y precisa. Pero en tareas divergentes (por ejemplo, “encontrar usos alternativos para un ladrillo”) no hubo efecto.
¿Por qué?
La cafeína bloquea la adenosina y aumenta el enfoque y la alerta. Te ayuda a evaluar, clasificar y perfeccionar ideas, es decir, la parte convergente. No inhibe la creatividad libre, pero tampoco potencia el flujo de ideas salvajes. Perfecto para terminar una sesión creativa, menos ideal para comenzarla.
Andrew Huberman (neurocientífico) señala lo mismo: la cafeína combinada con ejercicio proporciona un impulso extra de dopamina que apoya ambos tipos de pensamiento. Consejo práctico: usa la mañana sin café para lluvia de ideas libre (divergente), y toma una taza después para pulir y ejecutar (convergente).